Había una vez una princesa, la más linda de todas. Por cuya belleza la Luna hacia rabietas y su mirada opacaba incluso al Sol. Vivía encerrada en una enorme y alta torre construida de su propia tristeza, dentro de un castillo donde nunca entraba la luz y habitado por los fantasmas de sus recuerdos.
Su guardián: una bestia quimérica de cuerpo de León, con garras de dragón y colmillos de serpiente. Sin remordimientos, sin piedad, sin descanso cuidando celosamente algo que no entendía y no apreciaba.
Un día, cualquiera, insípido, la princesa se sintió atraída por el exterior, y usando un poco de su esperanza, dibujo una ventana dentro de su tristeza y por primera vez en 22 años, vio la luz del atardecer.
Un joven aprendiz de caballero de poca fuerza pero noble corazón, en una encomienda, pasaba cerca del castillo y entonces alcanzó a verse dentro de la mirada de la princesa. Y de su luz y su mirada, en ese instante se enamoró.
Desde entonces, el caballero cada noche es devorado por la quimérica criatura, asesinado por los recuerdos antropófagos de la princesa o muere de locura, perdido en la torre de inmensa tristeza. Y cada mañana, revive por la fuerza de su amor, sólo para volver a intentarlo al anochecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario