Sí, es cierto: me voy. Y en verdad, tengo sentimientos encontrados.
Por una parte, quisiera no volver. Así de simple: no volver nunca más. Dejar de soñar contigo, dejar de verte a cada momento del día, de pensarte, de extrañarte, de quererte, de odiarte, de querer odiarte, de todo. Olvidarme que existes o que yo existo, vivir una vida más simple en cualquier otro lugar. Apartado de tí por mucha tierra. Esperando que sea suficiente para dejarte ir.
Por otra parte, quiero quedarme y nunca irme. Por fin ser maduro en este tipo de cosas y dejar de sentir este rush de sangre que me recorre el cuerpo entero cada que te veo o te imagino. Dejar de escribirte cartas que no te entregaré, dejar de componerte poemas que ni siquiera escribo, dejar de ser yo y ser como debería ser.
Dejar de preocuparme por tí, cuando ni tú misma lo haces. Es cierto, yo estoy perdido, nunca estoy donde quiero estar porque no sé donde quiero estar. Ser quien quiero ser, porque tampoco sé quién quiero ser. Pero sé perfectamente algo: quiero que seas feliz.
Y ahí otra disyuntiva: Quiero que me des la oportunidad de hacerte feliz; o quiero que lo seas fuera de mí.
Volveré. Sí, sé que volveré. Pero lo que no sé es si volveré en los términos anteriores o simplemente volveré porque no tengo ningún otro lugar a donde ir...