"Los perfumes, los himnos órficos,
las algalias en primera y en segunda acepción... Aquí olés a sardónica.
Aquí a crisoprasio. Aquí, esperá un poco, aquí es como perejil pero
apenas, un pedacito perdido en una piel de gamuza. Aquí empezás a oler a
vos misma. Qué raro, verdad, que una mujer no pueda olerse como la huele
el hombre. Aquí exactamente. No te muevas, dejame. Olés a jalea real, a
miel en un pote de tabaco, a algas aunque sea tópico decirlo. Hay
tantas algas, la Maga olía a algas frescas, arrancadas al último vaivén
del mar. A la ola misma. Ciertos días el olor a alga se mezclaba con
una cadencia más espesa, entonces yo tenía que apelar a la
perversidad —pero era una perversidad palatina, entendé, un lujo de
bulgaróctono, de senescal rodeado de obediencia nocturna—, para acercar
los labios a los suyos, tocar con la lengua esa ligera llama rosa
que titilaba rodeada de sombra, y después, como hago ahora con vos, le iba
apartando muy despacio los muslos, la tendía un poco de lado y
la respiraba interminablemente, sintiendo cómo su mano, sin que yo se lo
pidiera, empezaba a desgajarme de mí mismo como la llama empieza a
arrancar sus topacios de un papel de diario arrugado. Entonces cesaban los
perfumes, maravillosamente cesaban y todo era sabor, mordedura, jugos
esenciales que corrían por la boca, la caída en esa sombra, the primeval
darkness, el cubo de la rueda de los orígenes. Sí, en el instante de
la animalidad más agachada, más cerca de la excreción y sus aparatos
indescriptibles, ahí se dibujan las figuras iniciales y finales, ahí
en la caverna viscosa de tus alivios cotidianos está temblando
Aldebarán, saltan los genes y las constelaciones, todo se resume alfa
y omega, coquille, cunt, concha, con, coño, milenio, Armagedón,
terramicina, oh callate, no empecés allá arriba tus apariencias
despreciables, tus fáciles espejos.
Qué silencio tu piel, qué abismos donde ruedan
dados de esmeralda, cínifes y fénices y cráteres..."
Te juro que eras tú...
Eras tú recitándolo en mi oído... Era tu voz...
Tan fluido, porque no lo leías... Lo sabías de memoria... Porque era como una declaración del alma, de la cama, del corazón.
Y de repente, al terminar el capítulo: No había nada. No podía recordar ni un poco del libro.
Me había perdido en el fantasma de tu voz...