20/8/12

Capítulo "cualquiera" y Capítulo "cualquiera+1"

Capítulo "cualquiera"

(Tip: Se peude aderezar con "Emmerald" y/o "Higher" de The Cardigans)

En esa tarde en el parque, el tiempo parecia totalmente dislocado para ambos. Mientras a ella le parecía irse como el agua en una cascada, escapándosele entre risas y miradas; a él le parecia lento, temiendo que todo pasara tan rápido y no pudiese quedarse con un recuerdo de ello alojado en el pecho.

Como sea, la tarde empezaba a caer y como impertinente ladrón, una gota osó colocarse en la mejilla de ella. Él la retiró delicadamente, obvio, intentando no temblar tanto mientras lo hacía. Y después, otra en su nariz... Si no fuese por el árbol que daba cobijo a la banca del parque, hace rato que hubiesen notado que llovía tanto.

Ahí, al resguardo de tan majestuoso árbol de tupidas hojas, él vino con una idea que nunca hubiese pasado por su cabeza si no fuese por la compañía de ella... En un arrebato de dinamismo y de un solo movimiento, se levantó tomándola de la mano y terminaron en la lluvia.

Era fría, sin duda, pero poco importaba la temperatura ahora que estaban abrazándose de forma tan estrecha. Ella, con la cara toda empapada, le miró tiernamente, como se mira al amor de toda una vida...

Él se acercó un poco, y después un poco más; y al estar al borde del beso, sólo podía sentir la respiración de ella, más no la propia. A ella le daba vueltas la cabeza con tanto sentimiento, el pecho no le era suficiente para los latidos de su corazón que ahora sentía hasta el cuello...

Y así, por la magia de tan hermoso beso, la gente se detuvo, la lluvia dejó de caer, ellos ya no respiraban. Sus vidas habían dejado de transcurrir através del tiempo... Ahora lo hacían através del amor.

Capítulo "cualquiera+1"

(Para este me guardo la sugerencia de la música)

Ninguno podría decir por cuánto estuvieron bajo la lluvia, besándose entre tierno y apasionado, el cuello y la oreja, el cuerpo y el alma. Simplemente sabían que fue el necesario para acabar totalmente empapados, de la cabeza a los pies, pasando por todo lo demás.

Tanto así que la tarde empezaba a dar lugar a la noche y al darse cuenta de su estado, decidieron darse tiempo de beber café en el departamento de él. Así fue como terminaron en la sala, acurrucados entre sábanas, con dos tazas y los pies descalzos de ella en la mesita, contando historias de amores pasados...

De pronto el reloj del pasillo interrumpió su plática indicando que ya pasaba de media noche... "Ya es tarde, creo que debería irme a casa", y por costumbre tan mala para el amor en el caso de él, no se le ocurrió decir nada y asintió con la cabeza mientras tomaba el teléfono que estaba junto, "Será mejor que te pida un taxi". Ella se dió cuenta de que no sería empresa fácil desenmarañar tanto lío emocional que él andaba cargando a cuestas como cosa de rosario.

Así que se incorporó de su sitio, se colocó frente a él, le colgó el teléfono y le volvió a besar. "O tal vez no es tarde" le dijo al oído, "... Para nosotros" completó en su mente. Se sentó sobre él, rodeándole con sus piernas, ahora totalmente bellas al descubierto de su vestido negro. Él no supo que decir, así que tomó la mejor desición posible ante semejante dilema: callar y seguir.

Ella se detuvo y otra vez le miró, desde su posición de dominio impuesto por sus piernas y le sonrió; pero ahora había más que simple ternura. Por sus ojos se le veía el alma ardiendo en coscupiscencia casi tan perfecta como su cuerpo, con toda la lujuria de la creación en su mirada.

Y así, el fuego del alma de ella pasó a la de él. Primero sintió la fuerza devastadora de aquella pasión incontrolable que le hizo mella inmediata en el corazón. Tomó coraje de donde pudo encontralo y le tomó de la cintura, acariciándole mientras subía las manos por los pechos hasta los hombros y le arrebató el vestido.

Entonces sintió angustia al verla. La niña con tan bella piel, con esa carita que tanto le quitaría el sueño y los ojos que se llevarían toda esperanza. Ahí estaba con un mechón de cabello recoriéndole la frente hasta los labios, con la respiración entrecortada, con el corazón a flor de piel. Le besó.

Le besó. Y movió sus brazos estratégicamente hasta su espalda para quitarle el velo que cubria sus pechos, donde se entretuvo entre texturas y tactos. Ella le quitó la camisa, botón a botón, casi de forma ceremonial. Y empezaron a amarse sin siquiera teminar de desnudarse, abrazados en aquel sillón donde tantas veces más se someterían a su pasión.

Derrochando amor por toda la sala. Tomando formas inimaginables para los mortales. Rindiendo culto al cuerpo del otro. Robándole un poco de placer a la vida en cada latido sincronizado de sus pechos. Y así fue como después de, sólo Dios sabe, cuánto tiempo y darle, solo ellos saben, cuántas vueltas a la sala, acabaron en el mismo sillón y en la misma posición en la que iniciaron. Muriendo al mismo tiempo. Abrazados. Uno dentro del otro.

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