Hace días que ayudé un poco a Mayra(1) a poner su arbolito y a decir verdad, y con riesgo de sonar sentimental (¿yo? ¿en este blog? Ñeh), recordé cómo era pasar la navidad con mi familia.
Aún recuerdo la batala para decidir quién ponía las esfera, aún cuando siempre terminaba la mitad rotas al quitar el arbolito. O los viajes que hacíamos en esas fechas, cuando viajabamos a la playa(2), caundo visitabamos a mis tíos.
Incluso tuve mucha nostalgia del momento en que mi madre me mandaba a comprar las tortillas para la cena de navidad, y de como el viento frío del invierno me golpeaba la cara y no me importaba porque era feliz solo por una razón: no los regalos, no el ponche ni la cena, sino porque era navidad.
Hoy, a mis 22 años, ya no creo en Dios y apenas si creo en el concepto de familia, mi familia está rota y me pregunto si volveré a sentirme feliz cuando se aproxime Navidad y la cena. Me pregunto si vale la pena festejar este año.
Siempre vale la pena la Navidad, más allá de los festejos de dios y eso... Además la navidad no es lo único ke nos hace felices... Sonrieeeeee... :)
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