Sentado, en lo obscuro del cuarto, agazapado como gato triste... recordándola. El sabor del tequila sigue en su boca, el humo de los cigarrillos inunda toda la habitación creando una imagen que estremece.
Por la puerta del balcón abrierta completamente entra el frío viento de la noche y mueve las blancas cortinas de satín. En ese preciso momento, entra un tímido rayo de luna. Cual cascada, se abre paso entre el humo y derrocha luz a su paso.
Se deja seducir y decide seguirle a aquél balcón donde tantas noches abrazados observaron la cuidad lúgubre, sin otro abrigo que los brazos del otro. La cuidad está sola, fría, trsite, sin ella... Al igual que él.
No recuerda cuántas noches así han pasado, no porque hayan podido ser muchas, sino por el letargo producido por las letales dosis de licor. No derramó una sola lágrima en el funeral... Aún no sabe por qué.
La daga de plata le sonríe cuando el rayo de luna le descubre cual ladrón, qué ironía pues será su vida lo que roba. No es morir por amor. Es solo que a veces no se puede seguir viviendo sin él.
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